AS PALABRAS PINTADAS

Baldomero Moreiras ilustra a Cunqueiro

María Victoria Carballo-Calero

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    PARA COMPRENDER LA  EXPOSICIÓN EN LA QUE HOY TE ENCUENTRAS, querido espectador, debes, por lo menos, tener una idea de lo que Baldomero Moreiras (Celanova,  Ourense, 1955) intentó, tu dirás si consiguió, realizar.

    Merlín e Familia i outras historias¹ es un libro de memorias. El narrador, Felipe de Amancia, paje de Merlín, vive con o mago y con doña Ginebra en Miranda. Es Felipe quien refiere los sucesos que presencia de niño, cuando servía a Merlín,  y de ahí el tono de ingenuidad que caracteriza el relato y que lógicamente, será recogido por Baldomero Moreiras en sus lonas.

    La obra, e incluso la exposición, discurren en una sucesión de capítulos o historias precedidas de una introducción dividida á su vez en tres apartados: un prólogo del narrador ahora ya anciano, Felipe de Amancia, de niño servidor en Miranda del mago bretón; La selva de Esmelle, descripción del escenario y campo de acción de Merlín, y La casa de Merlín, en la que se pasa revista a los habitantes de tan curiosa mansión, los auténticos <<personajes de cuadro>>².

    Por otro lado, no está de más recordar que las historias  -también las lecturas discursivas de los cuadros- se ajustan a un patrón casi invariable: visita a Merlín, planteamiento del  problema y solución. Es decir, alguien llega a Miranda para consultar al mago; expone el problema y trae a ese  alguien, con el que retrocedemos en el tiempo  y en el relato de la historia y, por último, Merlín resuelve el problema.

    Los años de terrible posguerra, en los que la poesía   de carácter social parecía la única posibilidad, oscurecieron al Cunqueiro poeta, aunque supusieron el triunfo del Cunqueiro prosista. Le interesaban muy pocos los temas de actualidad, pero continuaba sorprendido con lo  inesperado; y sus anécdotas entretenían al lector. Las  digresiones ingeniosas nos distraen. Sus ocurrencias  desconcertantes provocan la sonrisa constante, tan cara en  aquella época. Se trata en definitiva, de un discurso  caracterizado por el lirismo y humorismo, por su refinamiento estilístico, con el que sumerge al lector en un mundo mágico en el que recobra la inocencia, la inconsciencia… la irresponsabilidad también,  en una etapa tan dura y sin esperanzas, los años cincuenta.

    Es indudable que Cunqueiro apuesta por una novela idealista frente a una realista, porque sus planes para mejorar el mundo son todos ellos irrealizables. Su ideal de belleza no  cabe en la tierra, pero si en la literatura. Surge entonces el  género: novela de aventuras/bizantina que se nutre de  mito, mitos clásicos, antiguos medievales, populares. Sin embargo, el gran recurso cunqueiriano consistirá en jugar con continuas referencias a realidades prácticas, a lo cotidiano, a circunstancias locales, y a utilizar tiempos distintos, como ya indiqué en su momento. Y todo con inteligente retranca, nunca con sarcasmo, pues nada más lejos que un Cunqueiro romántico ingenuo.

    Además la perspectiva no deja de ser estética en ningún momento. La unión, y confusión, entre el mundo mítico y el mundo real, fascina y seduce al lector. Pero es que, además, Cunqueiro localiza a su Merlín en Galicia, abandona el tradicional marco artúrico de Camelot y se atreve con nuestro entorno, con lo que los paisanos de las tierras del norte de Lugo se topan y cambian atributos con los actores de la comedia mítica. Un gran acierto no exento de riesgo, por supuesto.

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    TODO ESTE LENGUAJE ESCRITO, DE FABULACIÓN Y FANTASIA, va a ser ilustrado por Baldomero Moreiras, un artista de sobra conocido que nacía en 1955, precisamente el año que Álvaro Cunqueiro y Mora entregaba en Vigo para su publicación el Merlín, su primer libro en prosa gallega, y hoy todo un clásico.

    Se trata de acrílicos, uno por historia, sobre un soporte invariable, lona de color negro. Sólo, a la hora de ilustrar El viaje de Pacios, el <<uno por historia>> se convierte en doce, pues eran lo copos que Mosiú Simplon llevaba en la maleta envueltos en paños de colores. Varían los formatos –hasta tres- y, en ocasiones, añade a la pintura industrial polvo de piedra pómez dosificado a su antojo, que dota de cierta espesura las zonas cromáticas planas. Es indudable que el tratamiento del color es el auténtico protagonista de la exposición. Baldomero Moreiras actúa como colorista creador de ambientes y de imágenes que operan.

    Y, sin embargo, utiliza el acrílico, un procedimiento que tiene más de industrial que de artesanal, y que, en una primera lectura, parece más encaminado a la obtención de imágenes reflexivas que emocionales. Pero el artista pretende ilustrar a Cunqueiro, Y obtiene algunas imágenes brillantes, deliciosas en cuanto a artificio, seducción y manipulación. Para lograrlas, tuvo que alterar el lenguaje plástico tradicional. Ahora, como en la obra de Cunqueiro, precisa de un marco lingüístico que le permita referencias constantes a otros tiempos, también al presente, y transvases de unos tiempos a los otros, pues tendrá que resituar a los príncipes medievales en La princesita que quería casarse o imaginarse a dona Ginebra, reina que fue de Bretaña, bordando aquel paño que estaba envolviendo, en clara alusión al mito clásico.

    Baldomero Moreiras controla las diversas superficies cromáticas y, en los mejores ejemplos, se plantea el cuadro como una construcción que irá resolviendo la base de ocupación espacial con concatenación de formas geométricas. Pero los problemas surgen continuamente: ¿cómo resolver escenas de corte naturalista?, o ¿cómo solucionar espacios tridimensionales en los que las citas a la pintura clásica son reconocibles, pero que pertenecen a otro universo que entonces tendrá que insertar en un contexto determinado?

    El pintor hace alarde de unos recursos de versatilidad sorprendentes y va organizando toda una información de imágenes, de por si complicadas. A veces modela las figuras, otras las dibuja simplemente con trazos negros gruesos y envolventes, y entonces circula sin problemas aparentes de Picasso –recuérdese el Desnudo acostado (Pompidou, 1932)- a Matisse, de Manet al puntillismo. Toma préstamos, que no oculta en ningún momento, de lenguajes futuristas y hasta ultraístas –contemple el espectador alguno de sus copos-, él utiliza esas grapas negras tan características, restos de una etapa anterior muy interesante, de exploración conceptual de mayor o menor calado, allá por los años ochenta, durante su estancia en Italia.

    En la exposición existe una obra un tanto desconcertante, un quitasol, o quizás se trate de un quitatrevas. Es la única ocasión en que nuestro artista emplea la madera como soporte, y es la única vez en la que la imagen surge de un auténtico ready-made, un paraguas al que se le sacó el rabo, al que entonces le aplica el tradicional acrílico, amarillo, en este caso sobre fondo azul. Un objeto del mundo circundante ante el que toda narrativa se derrumba y plantea otros problemas de lectura. De nuevo Moreiras altera los códigos plásticos y los registros en él habituales. Ahora le interesan más conceptos como la presencia que el color, de hecho la obra es casi monocroma a diferencia del resto del conjunto expuesto.

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    EN FIN, NOS HALLAMOS ANTE UNAS COMPOSICIONES CROMÁTICAMENTE HARMONIOSAS, muy diversas, que pretenden, creo yo, la homologación cultural con el arte universal, y que reclaman la autonomía cultural. El hondo eclecticismo que aconteció en los ochenta se refleja en este conjunto en el que no aprecio problematización ninguna a la hora de establecer un discurso. Pintando ese, parece decir Baldomero Moreiras. Pintar la palabra, la palabra cunqueiriana, por supuesto, una vez captada la idea. El placer de la pintura se impuso una vez más. Merlín preguntaba al mozo Felipe de qué color quería ver el mundo, a lo que invariablemente respondía que azul, y entonces unas gotas de licor vertidas en la copa de cristal por el mago transformaban la selva de Esmelle, las blancas torres de Belvis…, el pelo de Manoeliña, el caballo tordo, y hasta la blanca barba del mismísimo Merlín, en una nube azul. Historia maravillosa. Baldomero Moreiras nos seduce con azules intensos, de una extraña profundidad metafórica, y amarillos cegadores. Es indudable que, a la vez que ilustra la palabra fantástica del inmortal escritor mindoniense, te están brindando, querido espectador, su propia historia maravillosa.

 

M. Victoria Carballo-Calero

Universidad de Vigo

 

  1-  1-   Utilizo una reciente edición de Galaxia que me facilitó Baldomero Moreiras, de 1997, ilustrada con pequeños linóleos hechos por otro artista orensano, Manuel Prego de Oliver, pero conviene recordar que la primera edición del Merlín… es de 1955

  2-  2-   Véase Ricardo Carballo Calero, Historia da literatura galega contemporánea, Vigo, Galaxia, pp. 748-766